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Diciembre, 2020
Liderazgo
Miedo escénico
Mentalidad
¿Piensas que tus presentaciones públicas no hacen justicia a todo lo que quieres y puedes transmitir? ¿Cómo te sentirías si tuvieras la certeza de que tus discursos generan un verdadero impacto en tu audiencia? ¿De qué forma cambiarían tus perspectivas personales y profesionales?
Si tu buzón de entrada está saturado de propuestas formativas, probablemente estás pensando que eso de juntar “oratoria” y “liderazgo” en la misma frase solo es un recurso comercial para llamar la atención.

Te comprendo perfectamente. Es más, tal vez yo pensaría lo mismo… si no llevara tantos años dando conferencias y presentaciones, y aprovechando cada oportunidad formativa para mejorar mi oratoria. Antes de seguir, reconozco que tienes algo de razón: sí que quiero llamar tu atención. 😉

La clave es qué entendemos por liderazgo. ¡Alerta spoiler! No significa tener un gran cargo ni un sueldo elevado, aunque a nadie le amarga un dulce. Todos conocemos casos de personas a las que instintivamente reconocemos como líderes, aunque no estén en lo alto del organigrama (y a la inversa).

Cabeza de avestruz con aspecto desdeñoso
¿Líder o jefe?
Imagen por ivabalk via Pixabay
Para explicarte el título de este blog te voy a contar la historia de mi amiga Eva. Excelente profesional, con años de experiencia en un trabajo muy especializado que requiere conocimientos jurídicos y económicos, empatía y una profunda comprensión de los diferentes entornos institucionales. En una palabra, es una crack. Sin embargo, pasó mucho tiempo vegetando en una posición mediocre, y sufriendo un continuo desfile de jefes que estaban, a todas luces, mucho menos cualificados que ella.

No voy a simplificar diciendo que esta situación solo tenía que ver con su (falta de) habilidad para hablar en público. Todos sabemos que la evolución profesional de las personas en las organizaciones responde a dinámicas mucho más complejas. Pero tampoco podemos ignorar que nuestra autoimagen condiciona la forma en que nos relacionamos, lo que a su vez determina la visibilidad que somos capaces de conseguir.

Eva era imbatible desde su escritorio pero, cuando se trataba de exponer sus argumentos a otras personas, transmitía una extraña mezcla de inseguridad, frialdad y enfado. Hablaba como si estuviera anticipando las objeciones de su audiencia y las viviera como un insulto personal. Aunque es una experta en su campo, nunca aceptaba invitaciones para hablar en público: le paralizaba la mera idea de que otras personas pudieran juzgarla o estar en desacuerdo con ella.

Nuestra autoimagen condiciona la forma en que nos relacionamos, lo que a su vez determina la visibilidad que somos capaces de conseguir.
Por fin, hace algunos años, la convencí para participar en una conferencia en la universidad. No sé si aceptó por mi insistencia o porque pensó que se trataría de un público menos exigente (una idea claramente errónea, se mire por donde se mire). Solo puso una condición: quería llevar la presentación escrita. De principio a fin.

A mí me pareció bien. Era una forma de disminuir su ansiedad y, como verás si te suscribes a este blog, un discurso bien escrito y bien leído puede tener un enorme impacto. Si tienes alguna duda al respecto, no dejes de ver el famosísimo discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford, que todos utilizamos y analizamos en los cursos de oratoria.

Bulldog durmiendo
¡Me aburro!
Imagen por Mylene2401 via Pixabay
Volviendo a Eva, la experiencia fue un desastre. No levantó la vista del papel ni una sola vez. Leyó en un tono plano, a un volumen que ni el micrófono lograba compensar. Los jóvenes desconectaron a los 15 segundos, y el murmullo de las conversaciones era más audible que las palabras de Eva.

El problema de mi amiga, ¿era de técnica o de práctica? Ninguno de los dos: era un problema de mentalidad. Esta afirmación siempre impresiona un poco, sobre todo para quienes piensan que la mentalidad y la personalidad son estáticas. Créeme: no es así. Yo he cambiado tanto que no reconozco a la Cristina de hacer cinco años, y confío en no reconocerme dentro de otros cinco. Si repasas tu propia historia, verás que tú también has evolucionado.

Eva tenía un gran número de cuestiones por resolver, relacionadas con su autoestima. Era un ejemplo de manual del síndrome de la tiara: esperaba que el jefe de turno reconociera su valía y la “coronara” con el ascenso que sin duda merecía. Todo ello, sin que ella tuviera que hacer ningún esfuerzo adicional para llamar la atención del príncipe-jefe (o jefa). ¿Acaso no bastaban sus impecables informes, su incansable dedicación horaria, su disponibilidad absoluta?

Pues no. No bastan. Eva no se mostraba ni se exponía porque no confiaba en sí misma (ya hablaremos otro día del síndrome del impostor). Su autoestima profesional dependía de la valoración externa, por lo que la posibilidad de fallar la aterrorizaba.

Esto influía en gran medida en su miedo escénico. ¿Y si no les gusta lo que digo? ¿Y si no les gusto YO? ¿Y si me trabo en alguna palabra? ¿Y si me quedo en blanco? ¿Y si se dan cuenta de que en realidad no sé tanto?

Es probable que alguna vez hayas pensado lo mismo, de forma más o menos consciente. ¡Bienvenidos al club! A todos nos han cruzado esas ideas por la cabeza, en un momento u otro. Y aquí aparece, por fin, el tema del liderazgo. El mero hecho de ponernos frente a una audiencia, pese a todas las dudas y temores, es una muestra inequívoca de liderazgo.

Al principio puede tratarse de un liderazgo “interior”: disposición a mejorar, a salir de la zona de confort, a intentar cosas en las que fallaremos muchas veces antes de acertar. Cuando empiezas a conquistar esos nuevos espacios, aceptando los avances y retrocesos normales en cualquier proceso, tu confianza aumenta y tu liderazgo empieza a ser percibido también por los demás.

 

El simple hecho de ponernos frente a una audiencia, pese a cualquier duda o temor que podamos sentir, es una muestra de liderazgo.
¿Qué hizo Eva, después de su pésima experiencia en la universidad? Podía haberse reafirmado en su idea de que no estaba hecha para hablar en público, y pasarse el resto de su vida profesional limitándose a la interacción escrita.

Por suerte, en ese momento su líder interior tomó las riendas. Le dijo algo así como: “¡Vaya! Parece que tus peores temores se han hecho realidad. Ni siquiera yo he podido reprimir los bostezos. Ha sido una presentación horrible. Pero, mira, sigues respirando. La tierra no se ha abierto bajo tus pies. Has sobrevivido a una situación que evitaste durante años. ¿Y si la próxima vez lo hicieras un poco mejor? No digo que seas Demóstenes de la noche a la mañana, pero ¿no sería un gran logro si en tu próxima presentación la gente lograra escuchar al menos el sonido de tu voz?”.

Y Eva se matriculó en un curso de oratoria. Empezó a aceptar invitaciones para compartir sus conocimientos y experiencia. Buscó una coach que la ayudó a practicar las presentaciones más importantes. Y un día, tras una conferencia especialmente desafiante, varias personas se acercaron para hacerle preguntas, felicitarla y agradecerle su exposición.

Mentiría si te dijera que sus jefes apreciaron a la “nueva Eva”. Pero no hizo falta, porque Eva empezó a apreciarse y valorarse a sí misma. Cada vez que se ponía frente a una audiencia su saldo de confianza se iba incrementando, aunque las cosas no salieran perfectas. Con el tiempo dejó su trabajo, se convirtió en consultora independiente y ya no recuerda lo que era perder el sueño antes de hablar en público.

Yo creo que la oratoria le aportó a Eva el impulso que necesitaba para dejar salir a la persona líder que habitaba en ella. ¿Qué piensas tú? ¿Te convence ahora el título del blog?

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